martes, 14 de agosto de 2012

Nuestra Señora también gana un oro en las Olimpiadas


Meseret Defar protagonizó uno de los momentos más emotivos de las Olimpiadas de Londres 2012 cuando al cruzar la meta en la final femenina de los 5.000 metros lisos y ganar la medalla de oro, sacó de su pecho una imagen de la Virgen María, la mostró a las cámaras y se arrodilló, poniéndola en el rostro en un momento de intensa oración. Defar, cristiana ortodoxa, había hecho la señal de la cruz antes de comenzar la carrera.

domingo, 12 de agosto de 2012

Evangelio en el Domingo XIX de T. O.

Juan 6,41-51


En aquel tiempo, los judíos murmuraban de Él, porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo». Y decían: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?». Jesús les respondió: «No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: ‘Serán todos enseñados por Dios’. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre.» En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo».


ORACIÓN
Señor, tus enemigos aluden a tu madre y a José
como obstáculo para tu origen divino.
Y tú, que tanto amaste a María y a José,
les anuncias a tu Padre, tu único Padre,
que quiere que todos se salven por medio de ti.
 ¿Cómo? Escuchando o leyendo tu plabra y comiendo tu Cuerpo,
pan de la vida que no se acabará jamás.
Yo quiero ser "discípulo de Dios".


viernes, 10 de agosto de 2012

Santa Clara de Asís, 800 Aniversario de su consagración religiosa

Catequesis del Santo Padre Benedicto XVI

sobre Santa Clara de Asís,

el 15 de septiembre de 2010

Una de las santas más queridas es sin duda santa Clara de Asís, que vivió en el siglo XIII, contemporánea de san Francisco. Su testimonio nos muestra cuánto debe la Iglesia a mujeres valientes y llenas de fe como ella, capaces de dar un impulso decisivo para la renovación de la Iglesia.

¿Quién era Clara de Asís? Para responder a esta pregunta contamos con fuentes seguras: no sólo las antiguas biografías, como la de Tomás de Celano, sino también las Actas del proceso de canonización promovido por el Papa sólo pocos meses después de la muerte de Clara y que contiene los testimonios de quienes vivieron a su lado durante mucho tiempo.

Clara nació en 1193, en el seno de una familia aristocrática y rica. Renunció a la nobleza y a la riqueza para vivir humilde y pobre, adoptando la forma de vida que proponía Francisco de Asís. Aunque sus parientes, como sucedía entonces, estaban proyectando un matrimonio con algún personaje de relieve, Clara, a los 18 años, con un gesto audaz inspirado por el profundo deseo de seguir a Cristo y por la admiración por Francisco, dejó su casa paterna y, en compañía de una amiga suya, Bona de Guelfuccio, se unió en secreto a los Frailes Menores en la pequeña iglesia de la Porciúncula. Era la noche del domingo de Ramos de 1211. En la conmoción general, se realizó un gesto altamente simbólico: mientras sus compañeros empuñaban antorchas encendidas, Francisco le cortó su cabello y Clara se vistió con un burdo hábito penitencial. Desde ese momento se había convertido en virgen esposa de Cristo, humilde y pobre, y se consagraba totalmente a él. Como Clara y sus compañeras, innumerables mujeres a lo largo de la historia se han sentido atraídas por el amor a Cristo que, en la belleza de su divina Persona, llena su corazón. Y toda la Iglesia, mediante la mística vocación nupcial de las vírgenes consagradas, se muestra como lo que será para siempre: la Esposa hermosa y pura de Cristo.

En una de las cuatro cartas que Clara envió a santa Inés de Praga, la hija del rey de Bohemia, que quiso seguir sus pasos, habla de Cristo, su Esposo amado, con expresiones nupciales, que pueden ser sorprendentes, pero conmueven: «Amándolo, eres casta; tocándolo, serás más pura; dejándote poseer por él eres virgen. Su poder es más fuerte, su generosidad más elevada, su aspecto más bello, su amor más suave y toda gracia más fina. Ya te ha estrechado en su abrazo, que ha adornado tu pecho con piedras preciosas… y te ha coronado con una corona de oro grabada con el signo de la santidad» (1CtaCla 8-11).
Para Clara, sobre todo al principio de su experiencia religiosa, Francisco de Asís no sólo fue un maestro cuyas enseñanzas seguir, sino también un amigo fraterno. La amistad entre estos dos santos constituye un aspecto muy hermoso e importante. De hecho, cuando dos almas puras y enardecidas por el mismo amor a Dios se encuentran, la amistad recíproca supone un estímulo fortísimo para recorrer el camino de la perfección. La amistad es uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura. Al igual que san Francisco y santa Clara, también otros santos han vivido una profunda amistad en el camino hacia la perfección cristiana, como san Francisco de Sales y santa Juana Francisca de Chantal. Precisamente san Francisco de Sales escribe: «Es hermoso poder amar en la tierra como se ama en el cielo, y aprender a quererse en este mundo como haremos eternamente en el otro. No hablo aquí del simple amor de caridad, porque ese deberíamos sentirlo hacia todos los hombres; hablo de la amistad espiritual, en el ámbito de la cual dos, tres o más personas se intercambian la devoción, los afectos espirituales y llegan a ser realmente un solo espíritu» (Introducción a la vida devota, III, 19).
Después de pasar algunos meses en otras comunidades monásticas, resistiendo a las presiones de sus familiares, que inicialmente no aprobaron su elección, Clara se estableció con sus primeras compañeras en la iglesia de San Damián, donde los frailes menores habían arreglado un pequeño convento para ellas. En aquel monasterio vivió más de cuarenta años, hasta su muerte, acontecida en 1253. Nos ha llegado una descripción de primera mano de cómo vivían estas mujeres en aquellos años, en los inicios del movimiento franciscano. Se trata de la relación admirada de un obispo flamenco de visita a Italia, Jacobo de Vitry, el cual afirma que encontró a un gran número de hombres y mujeres, de todas las clases sociales, que, «dejándolo todo por Cristo, huían del mundo. Se llamaban Frailes Menores y Hermanas Menores, y el Papa y los cardenales los tienen en gran consideración… Las mujeres… viven juntas en varias casas, no lejos de las ciudades. No reciben nada, sino que viven del trabajo de sus propias manos. Y se sienten profundamente afligidas y turbadas, porque clérigos y laicos las honran más de lo que quisieran» (Omaechevarría, Escritos de Santa Clara, BAC, 1999, pp. 35-36).
Jacobo de Vitry captó con perspicacia un rasgo característico de la espiritualidad franciscana al que Clara fue muy sensible: la radicalidad de la pobreza, unida a la confianza total en la Providencia divina. Por este motivo, ella actuó con gran determinación, obteniendo del Papa Gregorio IX o, probablemente, ya del Papa Inocencio III, el llamado Privilegium paupertatis, «Privilegio de la pobreza» (ibid., 234-237). De acuerdo con este privilegio, Clara y sus compañeras de San Damián no podían poseer ninguna propiedad material. Se trataba de una excepción verdaderamente extraordinaria respecto al derecho canónico vigente, y las autoridades eclesiásticas de aquel tiempo lo concedieron apreciando los frutos de santidad evangélica que reconocían en el modo de vivir de Clara y de sus hermanas. Esto demuestra que en los siglos de la Edad Media el papel de las mujeres no era secundario, sino considerable. Al respecto, conviene recordar que Clara fue la primera mujer en la historia de la Iglesia que compuso una Regla escrita, sometida a la aprobación del Papa, para que el carisma de Francisco de Asís se conservara en todas las comunidades femeninas que ya se iban fundando en gran número en su tiempo y que deseaban inspirarse en el ejemplo de Francisco y de Clara.
En el convento de San Damián Clara practicó de modo heroico las virtudes que deberían distinguir a todo cristiano: la humildad, el espíritu de piedad y de penitencia, y la caridad. Aunque era la superiora, ella quería servir personalmente a las hermanas enfermas, dedicándose incluso a tareas muy humildes, pues la caridad supera toda resistencia y quien ama hace todos los sacrificios con alegría. Su fe en la presencia real de la Eucaristía era tan grande que, en dos ocasiones, se verificó un hecho prodigioso. Sólo con la ostensión del Santísimo Sacramento, alejó a los soldados mercenarios sarracenos, que estaban a punto de atacar el convento de San Damián y de devastar la ciudad de Asís.
También estos episodios, como otros milagros, cuyo recuerdo se conservaba, impulsaron al Papa Alejandro IV a canonizarla en 1255, sólo dos años después de su muerte, elogiándola en la bula de canonización, en la que se lee: «¡Cuán intensa es la potencia de esta luz y qué fuerte el resplandor de esta fuente luminosa! En verdad, esta luz se mantenía encerrada en el ocultamiento de la vida claustral y fuera irradiaba fulgores luminosos; se recogía en un angosto monasterio, y fuera se expandía en todo el vasto mundo. Se custodiaba dentro y se difundía fuera. Clara, en efecto, se escondía; pero su vida se revelaba a todos. Clara callaba, pero su fama gritaba» (ibid., 118). Y es exactamente así, queridos amigos: son los santos quienes cambian el mundo a mejor, lo transforman de modo duradero, introduciendo las energías que sólo el amor inspirado por el Evangelio puede suscitar. Los santos son los grandes bienhechores de la humanidad.
La espiritualidad de santa Clara, la síntesis de su propuesta de santidad está recogida en la cuarta carta a santa Inés de Praga. Santa Clara utiliza una imagen muy difundida en la Edad Media, de ascendencias patrísticas: el espejo. E invita a su amiga de Praga a reflejarse en ese espejo de perfección de toda virtud que es el Señor mismo. Escribe: «Feliz, ciertamente, aquella a la que se concede gozar de estas sagradas nupcias, para adherirse desde lo más hondo del corazón a aquel [a Cristo] cuya belleza admiran incesantemente todos los dichosos ejércitos de los cielos, cuyo afecto apasiona, cuya contemplación conforta, cuya benignidad sacia, cuya suavidad colma, cuyo recuerdo resplandece suavemente, cuyo perfume devuelve los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial. Y, puesto que él es esplendor de la gloria, candor de la luz eterna y espejo sin mancha, mira cada día este espejo, oh reina esposa de Jesucristo, y escruta continuamente en él su rostro, para que de ese modo puedas adornarte toda por dentro y por fuera… En este espejo refulgen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad» (4CtaCla 9-18).
Agradeciendo a Dios que nos da a los santos que hablan a nuestro corazón y nos ofrecen un ejemplo de vida cristiana a imitar, quiero concluir con las mismas palabras de bendición que santa Clara compuso para sus hermanas y que todavía hoy custodian con gran devoción las Clarisas, que desempeñan un papel precioso en la Iglesia con su oración y con su obra. Son expresiones en las que se muestra toda la ternura de su maternidad espiritual: «Os bendigo en vida y después de mi muerte, como puedo y más de cuanto puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias bendice y bendecirá en el cielo y en la tierra a sus hijos e hijas, y con las que un padre y una madre espiritual bendicen y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales. Amén»

San Lorenzo, el diácono de la caridad


San Lorenzo, diácono de Roma martirizado en la persecución de Valerio, es uno de los santos más célebres y venerados desde los años inmediatamente posteriores a su martirio. Considerado de origen hispano, era el colaborador más estrecho del Papa San Sixto II y lo asistió en su martirio. Más tarde, tras repartir entre los pobres romanos los tesoros de la Iglesia, fue quemado vivo en una parrilla. Según una venerable tradición, antes de ser ejecutado, envió a sus padres en España el Santo Cáliz que actualmente se venera en la Catedral de Valencia. San Agustín, al elaborar su homilía para la fiesta de este santo dijo: «san Lorenzo amó a Cristo en la vida, imitó a Cristo en la muerte».

Septenario a la Asunción de Nuestra Señora


Desde el jueves 9 al próximo 15 de agosto se celebrará en la Iglesia Parroquial de San Nicolás de Bari un septenario como preparación a la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. Con este motivo se ha instalado un altar de cultos en el presbiterio con una reproducción de Murillo, todo en celeste inmaculista.

Jueves 9, 19:30
Exposición del Santísimo Sacramento, rezo del Santo Rosario, meditación a partir de la mujer vestida de sol del Libro del Apocalipsis y Salve.

Viernes 10, 19:00
Santo Rosario, Salve y Santa Misa.

Sábado 11, 19:00
Santo Rosario, Salve y Santa Misa.

Domingo 12, 19:00
Santo Rosario y Salve.

Lunes 13, 19:30
Exposición del Santísimo Sacramento, rezo del Santo Rosario, meditación a partir de la anunciación del Evangelio de San Lucas y Salve.

Martes 14, 19:30
Santo Rosario, Salve y Santa Misa vespertina de la Asunción

Miércoles 15
Iglesia Parroquial de San Nicolás de Bari, 18:00 Santo Rosario, Salve y Santa Misa

Ermita de la Santísima Virgen del Río de Galáchar, 20:00 Santa Misa y procesión


Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Copatrona de Europa

Fue la séptima hija de un matrimonio judío profundamente religioso. Nació en Breslavia, el 12 de octubre de 1891. Su vida fue la de una persona estudiosa que, desde planteamientos muy profundos, descubrió la verdad de la fe cristiano/católica y se convirtió hasta el punto de profesar como Monja Carmelita. Podemos seguir su evolución apoyándonos en sus propios escritos: "Tenía 21 años y estaba llena de ilusiones. La psicología me había decepcionado... sin embargo, lo poco que sabía de fenomenología me encantaba, sobre todo por el método objetivo de trabajo". Nos habla así de su descubrimiento del pensamiento del filósofo Husserl, del que fue discípula en Gotinga. Esto hizo que se relacionara con los mejores pensadores del momento. Y así se puso en contacto con el misterio de aquel Dios que algunos de ellos ya habían encontrado. Cuando murió Adolf Reinach, su esposa le pidió a Edith que la ayudara a clasificar los escritos de su esposo. Y el contacto con esta mujer, Anna, fue decisivo para nuestra santa: "Este fue mi primer encuentro con aquella fuerza divina que da la cruz a aquellos que la llevan. Por primera vez me apareció visiblemente la Iglesia, nacida de la pasión de Cristo y victoriosa sobre la muerte. En aquel momento, mi incredulidad cedió, el judaísmo empalideció a mis ojos".

Y leemos también: En el verano de 1921, "tomé casualmente un libro de la biblioteca; llevaba por tìtulo Vida de santa Teresa narrada por ella misma. Comencé a leer y no pude dejarlo hasta que no lo terminé. Cuando lo cerré, me dije: esta es la verdad". Algunos días después, acudió a la Iglesia y pidió el Bautismo, que recibió en 1922. A partir de esa fecha, la vida de Edith cambia radicalmente. Ya estaba deseosa de consagrarse del todo a Dios. Con todo, aún tuvo que esperar y ejercer de profesora durante diez largos años. En ellos, se fragua una conciencia muy profunda sobre dos grandes amores de su vida: el pueblo judío y el carmelo. Sobre este segundo aspecto, su director espiritual escribe: "Apenas me fue imposible retenerla en el mundo, corrió derecha al carmelo, como un niño corre gozoso a los brazos de su madre". Edith recibió el hábito el 15 de abril de 1934, adoptando el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. La profesión perpetua la hizo en 1938. Dedicó su vida a ser víctima de la expiación: "Existe una vocación a la pasión de Cristo y, a través de ella, se coopera en su misión redentora..." Y aquí se unen sus dos amores: El Señor hace posible que Teresa Benedicta participe con su muerte a favor de su pueblo Israel. En 1938, fue trasladada al carmelo de Echt (Holanda). El 2 de agosto de 1942, la Gestapo se presentó en el monasterio para arrestarla junto con una hermana suya refugiada allí. Llevadas a Auschwitz, fueron asesinadas el 9 de agosto de 1942. Cuando se busca a Dios con corazón sincero, éste se deja encontrar. Así le sucedió a esta intelectual. La experiencia de otros santos puede ser definitiva para nosotros. Así le sucedió a ella con Santa Teresa. Una vez descubierto y aceptado el Dios verdadero, todo, aun lo más inexplicable humanamente (como la Cruz), adquiere sentido.

Fue canonizada en 1998. Y, en 1999, fue proclamada co-patrona de Europa.

Santo Domingo de Guzmán, el Santo del Rosario



La Madre de Dios, en persona, le enseñó a Santo Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe.

Domingo de Guzmán era un santo sacerdote español que fue al sur de Francia para convertir a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albingense. Esta enseña que existen dos dioses, uno del bien y otro del mal. El bueno creó todo lo espiritual. El malo, todo lo material. Como consecuencia, para los albingenses, todo lo material es malo. El cuerpo es material; por tanto, el cuerpo es malo. Jesús tuvo un cuerpo, por consiguiente, Jesús no es Dios.
También negaban los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios. Se rehusaban a reconocer al Papa y establecieron sus propias normas y creencias. Durante años los Papas enviaron sacerdotes celosos de la fe, que trataron de convertirlos, pero sin mucho éxito. También habían factores políticos envueltos.
Domingo trabajó por años en medio de estos desventurados. Por medio de su predicación, sus oraciones y sacrificios, logró convertir a unos pocos. Pero, muy a menudo, por temor a ser ridiculizados y a pasar trabajos, los convertidos se daban por vencidos. Domingo dio inicio a una orden religiosa para las mujeres jóvenes convertidas. Su convento se encontraba en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen. Fue en esta capilla en donde Domingo le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada.
La Virgen se le apareció en la capilla. En su mano sostenía un rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.
Domingo salió de allí lleno de celo, con el rosario en la mano. Efectivamente, lo predicó, y con gran éxito por que muchos albingenses volvieron a la fe católica.
Lamentablemente la situación entre albingences y cristianos estaba además vinculada con la política, lo cual hizo que la cosa llegase a la guerra. Simón de Montfort, el dirigente del ejército cristiano y a la vez amigo de Domingo, hizo que éste enseñara a las tropas a rezar el rosario. Lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante en Muret. De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro y el resultado del rosario. Como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.